CARISMA, DIÁLOGO Y PERSUASIÓN
- BOLETÍN INFORMATIVO 4 (04 de 2004)
Este
boletín informativo responde a una cuestión planteada por
uno de nuestros clientes: "¿Se puede ser un gran directivo
sin un ego muy fuerte?"
"Los
directivos deben tener carisma!" se oye a menudo en las empresas.
¿Pero que es el carisma? ¿Es realmente la señal de
un "ego muy fuerte"? Si la expresión "un ego muy
fuerte" significa un egocentrismo afirmado, ¿es posible que
tal perfil pueda corresponder al del jefe moderno, en búsqueda
de un nuevo humanismo y de una renovación del diálogo social?
En
griego, "charis" significa: lo que brilla, lo que se alegra.
La palabra proviene del griego y se refiere al doble sentido del encanto
y el favor que los dioses conceden en su benevolencia a sus elegidos.
Etimológicamente, el sentido es religioso: el "carisma",
la gracia proviene de una fuerza exterior a la persona, es un presente.
En el marco de la empresa, cuando los colaboradores emplean la palabra
"carisma", nunca hablan de regalo divino, sino más bien
de comportamientos humanos, comportamientos que se puede clasificar en
tres paradigmas:
1. El encanto, la alegría, el placer que procura el contacto con
el líder.
2. La benevolencia, los gestos y señales de respeto, el deseo de
agradar que manifiesta.
3. El reconocimiento, la recompensa, la remuneración, el salario,
la subvención material, la distinción que concede.
Queda claro por tanto que este carisma no es una simple disposición
natural, puede y debe trabajarse. En este tipo particular de "presencia"
hay belleza, flexibilidad, finura, fuerza y elegancia. Las personalidades
carismáticas no son como otros: proponen, gracias a su compromiso
original y vivo, una visión personal que se fundamenta en una novedosa
visión de lo cotidiano. Enemigas de la rutina, del conformismo
y de los automatismos, su posición expresa esta voluntad de cambio
que por si sola puede impulsar una dinámica de evolución.
Como
aprendió a dominarse y a perfeccionarse permanentemente, el líder
carismático sabe comprender otros. Manifiesta rigor y moderación,
preservando al mismo tiempo la discreción y la reserva que se impone
en toda relación jerárquica. No es insensible a los otros,
pero no demuestra esta sensibilidad en demasía. Sabe desarrollar
sus mejores calidades sin autoelogiarse nunca. Impenetrable sin ser inaccesible,
su elegancia se debe precisamente a su gran riqueza interior.
Siempre
comedido en las manifestaciones de su sensibilidad, tal directivo debe
demostrar en
cambio su perspicacia. La inteligencia se expresa en el respeto a sus
adversarios, pero siempre está lista para imponerles su voluntad.
Un espíritu vivo, una lógica implacable, un sentido del
humor afilado y una extensa cultura, todo ello construye la imagen de
un ser dotado con un juicio sólido y con una excelente capacidad
de decisión, en resumen, un espíritu susceptible de generar
una dinámica eficaz. Porque comprenden rápidamente, los
grandes líderes actúan rápidamente. Sus palabras
suscitan la adhesión ya que convencen en pocas palabras. Esta persuasión
es tanto más eficaz cuanto que parece evidente. Ahora bien, solamente
el sentido del diálogo, la atención al otro, la capacidad
de escuchar, indisociable de la verdadera inteligencia, resulta ser la
garantía de eficacia en este ámbito. Pues, la cualidad de
saber escuchar es la virtud por excelencia del gran jefe. Atento a la
palabra de los otros, sigue siendo lo más accesible posible. La
escucha es la clave de una gestión dinámica y reactiva.
Es la prueba de la apertura de espíritu que reclaman los colaboradores
que le dan su confianza. Es la vía real de la persuasión
y la motivación. Así pues, se hace seguir sin obligar y
ahorra su energía.
Su
carisma es también una presente de la experiencia: se manifiesta
y crece por las pruebas que debe superar. Para él, toda dificultad
resulta formativa y los fracasos se transforman en un aprendizaje saludable.
Siempre alerta y dispuesto a afrontar nuevos retos, su carácter
se consolida devorando las derrotas y los éxitos con la misma vitalidad.
Inventa, innova y su reputación le precede como una armadura. Cuanto
más riesgos asume, más aumenta su prestigio. Pero cuando
triunfa, evita la arrogancia y el triunfalismo. Sigue mostrándose
tranquilo y no muestra más alegría que la inquietud que
hubiera mostrado en la tormenta. Esta calma, esta capacidad de escuchar
confieren al verdadero líder un poder que implica el respeto y
favorece sus éxitos.
Christian
DURAND - 04/2004
infos@organon-consulting.com
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